La congruencia: cuando lo que pienso, siento y hago no está alineado
- Daniela Barona
- 4 sept 2025
- 4 Min. de lectura
¿Alguna vez has sentido que lo que muestras hacia el exterior no refleja realmente lo que sientes por dentro? Tal vez sonríes en una reunión cuando en realidad quisieras estar en otro lugar, aceptas compromisos que no te hacen bien o mantienes una relación solo “para no incomodar” aunque sepas que no es lo que deseas. Esa sensación de disonancia interna es más común de lo que creemos y tiene un nombre: incongruencia.
La congruencia, en cambio, aparece cuando hay coherencia entre lo que piensas, sientes y haces. No significa ser rígida ni decir siempre todo lo que te pasa por la mente, sino vivir de manera que tus decisiones y comportamientos estén alineados con tus valores más profundos.
Desde la psicología y la neurociencia, este tema ha cobrado cada vez más interés, porque influye directamente en nuestro bienestar emocional, en nuestra autoestima e incluso en la forma en que nuestro cerebro procesa el estrés.
¿Por qué nos cuesta tanto ser congruentes?
No es que seamos “mentirosas”, la falta de congruencia muchas veces se debe a que:
Estamos programadas para adaptarnos socialmente: Nuestro cerebro busca aceptación y seguridad en el grupo. Esto hace que, a veces, prioricemos “encajar” por encima de ser fieles a nosotras mismas.
Vivimos distraídas: La rapidez del día a día, las redes sociales y la comparación constante nos empujan a tomar decisiones automáticas sin detenernos a reflexionar si son coherentes con lo que valoramos.
No siempre conocemos nuestros valores esenciales: Muchas mujeres descubren cuáles son sus valores fundamentales (como la lealtad, la libertad, la honestidad o la compasión por ejemplo) cuando se enfrentan a una crisis o a un dilema ético.
Congruencia y bienestar
La psicología humanista, especialmente Carl Rogers, afirma que la congruencia es clave para la autenticidad. Cuando actuamos de forma coherente con nuestro “yo real”, nos sentimos en paz. Sin embargo, cuando vivimos en incongruencia, aparece malestar emocional, baja autoestima e incluso síntomas de ansiedad o depresión.
La teoría de la disonancia cognitiva de Leon Festinger explica muy bien esto: cuando hay un choque entre lo que pensamos, sentimos y hacemos, el cerebro experimenta tensión y trata de reducirla de alguna manera. A veces lo hace ajustando nuestras acciones, pero otras veces intenta justificar lo que no es coherente, generando autoengaño.
Lo que pasa en el cerebro cuando somos (in)congruentes
Vivir en congruencia no solo se siente mejor, sino que impacta en cómo funciona nuestro cerebro.
La amígdala y el estrés: Cuando actuamos en contra de nuestros valores, la amígdala se activa y dispara respuestas de estrés. Por eso, aunque “todo parezca ir bien” externamente, podemos sentirnos agotadas o inquietas internamente.
La corteza prefrontal y la toma de decisiones: Esta región ayuda a evaluar si lo que hacemos está alineado con lo que valoramos. Cuando la entrenamos con prácticas de reflexión o mindfulness, aumenta nuestra capacidad de elegir de manera más consciente.
La insula y el reconocimiento emocional: Esta área cerebral nos ayuda a conectar con lo que sentimos realmente. Cuanto más afinamos esta capacidad, más fácil nos resulta detectar cuándo estamos siendo incongruentes.
Congruencia no significa perfección
Es importante aclarar que la congruencia no se trata de decir siempre todo lo que pensamos ni de actuar como si no existieran consecuencias sociales. La vida nos pide flexibilidad: a veces elegimos callar por prudencia, o adaptarnos para cuidar una relación importante.
La clave está en la intención: si callo por miedo al rechazo, me estoy traicionando; si decido callar porque priorizo el cuidado de alguien que amo, sigo siendo congruente con mi valor de respeto o empatía.
Ser congruente no es un estado permanente ni una meta final, es un camino de autoconocimiento.
Algunas prácticas recomendadas:
Reflexionar sobre tus valores: Dedicar tiempo a escribir cuáles son tus valores esenciales y ordenarlos en importancia te dará una brújula interna para tus decisiones.
Practicar la consciencia plena: El mindfulness y la autoobservación ayudan a detectar cuándo tus emociones y acciones no están alineadas.
Ejercitar la autocompasión: Tratarnos con amabilidad cuando fallamos nos permite aprender sin caer en la autocrítica destructiva.
Buscar acompañamiento profesional: La terapia puede ofrecer un espacio seguro para explorar dónde hay incongruencias y cómo transformarlas en aprendizajes.
La congruencia no significa vivir sin contradicciones, sino aprender a reconocerlas y a elegir con consciencia cómo actuar. Es un proceso dinámico, que requiere valentía, autoconocimiento y, a veces, acompañamiento.
Si mientras leías este artículo te diste cuenta de que muchas de tus decisiones no están en sintonía con lo que realmente valoras, puede ser un buen momento para dar el primer paso hacia una vida más auténtica.
Si sientes que estás viviendo en incongruencia o que te cuesta conectar con tus valores, estaré encantada de acompañarte en este camino de autoconocimiento y coherencia. No tienes que recorrerlo sola.