¿Desarrollo personal o presión disfrazada de "ser tu mejor versión"?
- Daniela Barona
- 22 jul 2025
- 4 Min. de lectura
¿Realmente nos amamos o solo cumplimos expectativas?
En una sociedad que celebra el éxito constante, muchas mujeres creemos practicar el amor propio cuando en realidad estamos cumpliendo un estándar invisible. Nos esforzamos por ser “la mejor versión”, por “dar siempre el 100%”, por “superarnos cada día”.
Pero… ¿es amor propio o exigencia disfrazada?
La trampa de la autoexigencia
Desde pequeñas, muchas mujeres aprendemos que nuestro valor está ligado al rendimiento, la imagen o la aprobación. Se premia la niña buena, responsable, que ayuda a todos y no se queja. Esa niña crece y se convierte en una mujer que sonríe aunque se sienta agotada, que dice “sí” cuando quiere decir “no”, que mide su valía según su productividad.
Esto no es amor propio, es una forma de autoexigencia crónica que se disfraza de empoderamiento.
Según Albert Ellis (1997), uno de los errores cognitivos más comunes es el “deberismo”: la creencia de que debemos hacer o ser algo para tener valor. Esta idea distorsiona la autoevaluación y bloquea la autoaceptación.
Carl Rogers, pionero de la psicología humanista, afirmó que la clave del crecimiento personal es la autoaceptación incondicional. Según él, solo cuando una persona se acepta profundamente, sin condiciones, puede cambiar y evolucionar genuinamente (Rogers, 1961).
Esto no significa conformarse. Significa reconocer que ya somos valiosas, con nuestros errores, miedos y contradicciones. Desde ahí, el cambio deja de ser una exigencia para convertirse en una elección libre.
"La curiosa paradoja es que cuando me acepto tal como soy, entonces puedo cambiar" — Carl Rogers
Autoestima vs. amor propio
La autoestima suele depender de logros, habilidades o del juicio ajeno. Es frágil, porque varía según los éxitos o fracasos. El amor propio, en cambio, es más profundo: es un vínculo estable contigo misma.
El aprecio y cuidado hacia uno mismo, conocido en el ámbito de la psicología como amor propio o, más recientemente, como autocompasión, constituye el cimiento para el desarrollo y mantenimiento de una autoestima saludable. Una sólida base de amor propio nos permite cultivar un sentido de valía personal que no depende de la aprobación o validación externa. Esta independencia es necesaria para tener una autoestima estable, capaz de sobrellevar las inevitables adversidades y desafíos de la vida.
Cuando el amor propio es robusto, nuestra percepción de valor personal se mantiene resiliente, aun cuando la confianza en nuestras habilidades fluctúe.
Autoconocimiento: el punto de partida
El psicólogo Alfred Adler nos ofreció una perspectiva muy útil: sugirió que cada uno de nosotros construye un "estilo de vida" personal a partir de un guion interno, formado por nuestras creencias más profundas. Entender esto es clave, porque el autoconocimiento comienza precisamente ahí: en la capacidad de observar nuestros pensamientos, emociones y patrones de conducta sin emitir un juicio. Este proceso de autoobservación nos permite descifrar ese guion, diferenciando con claridad qué partes son auténticamente nuestras y cuáles hemos adoptado por influencia externa.
Este proceso de autoconocimiento es liberador: te permite soltar lo que no eres.
El poder de la autocompasión
Marshall Rosenberg, creador de la Comunicación No Violenta, explicó que muchas veces somos nuestras peores críticas, nos tratamos con dureza, nos decimos cosas que jamás le diríamos a una amiga.
La esencia de la enseñanza de Rosenberg está en transformar este diálogo interno. Al pasar del auto-juicio a la autocompasión, podemos reemplazar pensamientos críticos como "debería ser mejor" con afirmaciones como "estoy haciendo lo mejor que puedo". Este cambio es necesario para construir autoconfianza.
Rosenberg enfatizó la importancia de centrarnos en las necesidades humanas universales en lugar de en las exigencias. Estas necesidades fundamentales incluyen el descanso, la conexión, la autoexpresión, el aprecio y la paz. Al conectar con nosotras mismas y atender estas necesidades esenciales cultivamos un sentido más profundo de amor propio.
Señales que indican que tu amor propio es exigencia disfrazada:
Te exiges ser siempre positiva, productiva o feliz.
No puedes parar sin sentir culpa.
Te comparas constantemente con otras mujeres.
Te cuesta poner límites o decir “no”.
Solo te sientes bien contigo cuando haces algo “útil”.
Claves para cultivar tu amor propio:
1. Aceptar tu humanidad
Errar, cansarte, tener miedo… es humano. La autoaceptación no significa resignarse, sino dejar de pelear contra quien eres.
2. Poner límites sanos
Decir “no” también es amor propio. Los límites protegen tu energía, tu salud mental y tus relaciones.
3. Cuidar el diálogo interno
Sustituye frases como “soy un desastre” por “esto fue difícil, pero estoy aprendiendo”.
4. Celebrar logros internos
Reconocer cuando fuiste valiente, compasiva, honesta. No todo éxito es visible.
5. Rodearse de relaciones saludables
Personas que respetan tus límites, que te ven sin juzgar, que te permiten ser tú. El amor propio también se refleja en con quién eliges compartir tu vida.
El verdadero empoderamiento femenino no nace del perfeccionismo ni de la autoexigencia. Nace del amor profundo por una misma. Un amor que no se gana, se reconoce. Que no exige, acompaña. Que no castiga, abraza.
Ser fuerte también es permitirse ser vulnerable, saber parar. Ser exitosa también es sentirse en paz.
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